“¡Qué bueno eres!” “ ¡Ay, es que eres bien lindo!” “¿Pero por qué no hay más hombres como tú?” Todas estas son frases que he escuchado en algún momento de mi vida, y que sigo escuchando de vez en cuando. Honestamente, llega un punto en que ya no me hace tanta gracia que me lo digan. Porque, cuando lo dicen, resulta que he pasado a ser como una especie de osito al que quieren abrazar. Y sólo eso. Aunque, claro está, nunca me molestará totalmente, pues eso significa que, a pesar de todo, a los ojos de alguien soy una buena persona.
Pero entonces me pregunto: si soy un prospecto “ideal”, entonces ¿por qué no soy un prospecto serio? No lo sé. Hace ya unos años, la mujer por quien me cambié de ciudad y dejé todo, y que incluso llegué a considerar el amor de mi vida, me dijo: “Eres el hombre perfecto para mí (y para cualquiera), no tienes una idea de cuánto te quiero… como a un hermano”. Ouch. No comparto esto para buscar compasión ni mucho menos, sino para tratar de mostar un punto. Muchas preguntas surgieron en ese instante: o sea ¿cómo? ¿soy perfecto, pero aún así no es suficiente? ¿qué hice mal? ¿qué hace falta? ¿que te trate mal? ¿que te ponga el cuerno? ¿que te mienta? ¿QUÉ?
Este tipo de cosas hacen que cierta teoría cobre fuerza. Seguramente conoces a alguien maltratado por su pareja, física y/o psicológicamente. Y te preguntas ¿qué hace con él/ella si l@ trata tan mal? ¿por qué no anda con Fulanit@ que se muere por ella/él? Obviamente, a nadie le gusta que lo traten mal. Al menos no alguien cuerdo. Pero ese tipo de personas, los patanes, los hijos de la chingada, los cabrones bien hechos, tienen algo (además de poca vergüenza, claro). No sé qué, pero eventualmente terminan saliéndose con la suya.
Confieso que tras el incidente mencionado intenté aplicar mis conocimientos de patanería a mi siguiente relación, lo cual no me enorgullece para nada. Descubrí que es increíblemente fácil (tal vez por eso muchos lo hacen): simplemente, dejas de darle la importancia merecida a la otra persona. No me salió bien. No está en mi naturaleza ser así. Terminé con un corazón roto a mi cuenta y sintiéndome como una basura humana (o, mejor dicho, inhumana). Así que decidí: no importa si me quedo solo por ser como soy, no volveré a provocar heridas sólo para estar con alguien. Karma is a bitch.
¿Que cómo soy? Pues… sí, adivinaste. Soy ése en quien puedes confiar. Aquél al que le cuentas todo (o casi). Sí, ése pobre personaje con el típico “best friend crush” en la prepa. Aquél que, antes que nada, buscará ser tu amigo. Bueno: no quiero decir que voy por el mundo cargando un letrero de “¿Quieres ser mi amiga?”. Evidentemente, me refiero a que soy el tipo que entra tan fácilmente en la “friend zone” que ni siquiera se da cuenta hasta que es tarde. Tarde, al menos, para que me consideres como alguien con quien salir, ya no digamos para una relación seria.
La mayoría de las relaciones normales siguen un curso más o menos así:
- Me gustas.
- Te gusto (o no, no lo sé aún).
- Platicamos, salimos.
- Nos besamos (entre otras cosas)
- Platicamos, salimos.
- Andamos y a ver qué pasa.
Pues conmigo el proceso tiene algunas variantes:
- Me gustas.
- Te gusto (o no, no lo sé aún).
- Platicamos y salimos.
- Platicamos y salimos.
- Platicamos y salimos.
- … ya entendiste, no?
Lo admito: tal vez tengo un problema. Tal vez asumo con demasiada facilidad que sólo yo pienso que un beso no es cualquier cosa. Y a lo mejor ahí empieza mi dilema. Porque si no es cualquier cosa, no puedes andar regalándolo a medio mundo así como así. Claro que no pasa nada, si nos besamos no vamos a ser novios instantáneamente y casarnos ya. Pero es como el primero de toda una serie de pasos, no? Y para ese primer paso, como yo lo veo, debe haber aunque sea tantita confianza. Y si confías en alguien, lo “normal” es hacerte su amigo, no? Después de todo, no engañarías a un amigo ¿o sí? No lo dejarías plantado. No le hablarías mal. No lo dejarías de escuchar. No lo degradarías. No lo golpearías. Y, por supuesto, no te aprovecharías de él si está borracho. Al contrario, lo cuidarías. Más aún: si es una amiga, no dejarías que absolutamente nada le pasara. La harías reír. Le abrirías la puerta del coche. Le darías el paso. Le acomodarías la silla. Le prestarías tu suéter. Le dirías siempre lo bien que se ve, y aprenderías a quererla como es, con toda su imperfección. No sé si estoy bien o mal, pero es lo que pienso. O tal vez pienso demasiado.
Una vez alguien me dijo: “es que no haces nada porque las respetas demasiado” ¡¿Perdóoon?! Las respeto mucho, sí, y también las admiro. Y nunca pensaré que es demasiado. Porque sí son más fuertes que nosotros los hombres. Por muchas cosas. Y porque las respeto, me gusta que me respeten, y que confíen en mí. Después de todo, eso es básico en cualquier relación: respeto y confianza. Si no es así, pues ¿para qué nos hacemos tontos, no? Llámame intenso. Llámame anticuado. No importa. Yo prefiero alguien con quien pueda hablar de cualquier cosa, a alguien con quien solamente “pasarla bien”.
No sé si soy un “nice guy”. No me defino como tal, pero aparentemente me han etiquetado así. Sólo sé que me gusta tratar al género opuesto como se merece. Y no concibo otra cosa que no sea BIEN. Al final, no se trata ni siquiera de un asunto de caballerosidad, o de romanticismo (hay muchas a quienes tipos como yo les aburrimos, y está bien). Yo creo que lo principal es no dejar nunca de darle a una mujer (y a cualquiera, ¿por qué no?) la importancia que se merece; y eso es, como mínimo, la misma que nos damos a nosotros mismos.